jueves, 11 de noviembre de 2010

La Contraseña VI

Por si te perdiste las partes anteriores:
La Contraseña I
La Contraseña II
La Contraseña III
La Contraseña IV
La Contraseña V

III

Un rompecabezas por armar


Segunda parte

Los crímenes cometidos con arma de fuego atañen el Ministerio Público Federal. Ese es un dato básico para cualquier detective y en el caso de Daniel Franco, no sólo lo tenía presente, sino, además, tenía también el contacto perfecto para obtener información.

Saber quién es sospecho de haber asesinado a Ethan Campbell no sólo era del interés de Daniel Franco, cuyo deber era obtener la mayor información posible de su caso, sino también, seguramente, era del interés de su cliente, pues podría tratarse de alguien que pusiera en peligro la vida del mismo Kuzmanovski, si no es que, en una hipótesis muy descabellada, fuera el mismísimo polaco o alemán el asesino. Si a la información obtenida hasta ahora se añadía, además, la alusión a un disco misterioso cuya poseedora desea devolver, sin que los motivos sean claros, el asunto tenía ya todos los elementos de intriga y misterio necesarios para alimentar el interés y emoción que Franco había soñado. Parecía que al fin, la fantasiosa pretensión de toda la vida iba a cumplirse: el Detective Daniel Franco tendría que resolver un acertijo en donde los involucrados sólo proporcionaban partes inconexas, explicaciones incompletas, trazos de una pintura cuyo auténtico paisaje sólo podía ser visto por una mente brillante, cuyo poder de análisis y deducción fuera superior al del común de la gente. Y esa mente sería la suya.

Durante el trayecto su entusiasmo fue en aumento, como si recibiera una inyección de adrenalina pura, directa a la yugular. Hacía tiempo que no se sentía así de jovial, vigoroso, como si un pase mágico le hubiera quitado décadas de encima. Entonces recordó los días en que William Baskerville le insistía que un detective tiene también la obligación de mantenerse en excelente forma física. El recuerdo de ambos corriendo juntos en el Bosque de Chapultepec un sábado por la mañana muchos años antes se interrumpió de súbito por un escalofrío con el que Franco se sorprendió así mismo: “Enemigos… enemigos capaces de asesinar por un disco”. En efecto, pudieron haber matado a Campbell por dicho disco y de algún modo Julieta Díaz había logrado escapar con él y por ello quiere ahora entregarlo. Todo concordaba, pero tenía implicaciones siniestras, pues podría significar la necesidad de enfrentarse en algún momento a asesinos y una cosa es hacer deducciones brillantes y otra muy distinta es liarse a balazos.

El detective sacudió la cabeza como para que el viento que entraba por la ventanilla de su auto terminara por llevarse esa idea inquietante. Pero no pudo evitar otra idea traidora: ¿Hasta dónde valía la pena comprometerse con un caso si el enemigo está dispuesto a todo? En sus poco más de cuarenta años como detective, a Daniel Franco le había tocado ver muy pocas veces un gesto de preocupación en William Baskerville sobre casos contra verdaderos criminales. Incluso no le había pasado desapercibido que en alguna de esas ocasiones se había colaborado con alguna autoridad judicial. Pero él nunca conoció los detalles y, para su sorpresa, descubría en ese mismo instante que, tratándose de un asesinato, su experiencia real era nula y un nuevo y ligero escalofrío aminoró su ímpetu inicial. En éste, su primer y único caso, no iba a poder prescindir del consejo de su jefe si tenían que enfrentar a enemigos de cualquier índole, lo que, de nueva cuenta, minaba su entusiasmo.

Llegó a las oficinas del Ministerio Público y fue acercándose al lugar entre ríos de gente que entraba y salía: agentes judiciales con pistolas al cinto, hombres y mujeres con carpetas en la mano y cara de preocupación, flamantes abogados hablando por celular y burócratas de todo tipo, desde modestas secretarias hasta sagaces empleados con ambiciones políticas, todos en febril actividad, como colmena al mediodía.

Frente a la recepción había cinco filas de bancas de madera sin respaldo ocupadas hasta el último centímetro por gente esperando alguna diligencia. Más adelante, un mostrador separaba al personal del público y tras él muchos escritorios organizados en cuadrícula. Sobre cada escritorio, torres de papeles hacían un prodigio de equilibrio para no caerse, pero servían también perfectamente para ocultar a los empleados que se hallaban sentados.

Tan pronto el detective Daniel Franco se dejó ver en el mostrador, un empleado brincó de su escritorio haciéndole señas de saludo, como quien quiere llamar la atención al paso de una estrella de cine. Se levantó de su lugar para ir a su encuentro, esquivando mobiliario y demás personal, al tiempo que le gritaba desde la distancia.

- ¡Detective Franco! ¿Qué anda haciendo por aquí? ¿Cómo está? ¡Qué gusto verlo! Permítame, permítame por favor, voy con usted, faltaba más, nunca hubiera imaginado verlo por aquí, qué gusto verlo otra vez…

Franco esperó a que terminara la ruidosa recepción y le extendió la mano con el mismo gesto, serio e impasible, con que una vez le dio las fotografías y grabaciones que le permitieron al sujeto divorciarse sin tener que dividir bienes por la mitad.

- Licenciado Figueroa…

- Detective ¡Le repito que qué gusto verlo! Créame que nunca me ha sido posible decirle lo feliz que soy y el mucho dinero que me ahorré gracias a usted y ahora por aquí, es un placer saludarlo, de verdad… –Insistía el sujeto sin soltar su mano y mirando alrededor, como buscando a alguien a quien presentarle a su héroe, que era considerablemente más alto que él-.

- Vengo por información Licenciado.

- Claro detective, usted nada más diga y yo le busco el expediente que me pida, estoy a sus órdenes, igual que esta oficina, o por lo menos hasta donde yo me puedo meter, lo que usted indique, mire que no me cansaré de decirle que es un placer hablar con alguien como usted…

Franco, serio, seguía con la mirada la hiperquinética alocución del individuo y esperaba para poder hablar. Cuando aquél por fin hizo una pausa, fue directo al grano.

- La noche de anteayer mataron a un norteamericano en la colonia Obrera.

El sujeto guardó silencio repentinamente por unos instantes para mirar a Franco con ojos de asombro.

- ¿El gringo de la Obrera detective? –Preguntó en un tono de voz muchísimo más bajo que su perorata inicial. -¿Anda usted tras eso?

- ¿Qué hay con él? ¿Qué sabe al respecto? –Reviró Franco.

- ¡Uff, eso es un notición detective! O iba a ser, pues. Le adelanto que eso nos puso de cabeza esa noche y tenemos prohibidísimo decir nada al respecto.

- ¿O sea? –Preguntó Franco, siguiendo su costumbre de ser parco con sujetos como él, siempre dispuestos a la indiscreción, pues la regla es que, en conversaciones como esa, la información debía correr sólo en un sentido, el que al detective conviniera.

- O sea, detective, que yo a usted le cuento todo, faltaba más. ¿Quiere que de una vez le diga que sé?

- Por favor –contestó el detective sin perder nunca su gesto adusto-.

El sujeto tomó a Daniel Franco del brazo y lo condujo a un rincón del lugar mientras giraba su cabeza, repasando los alrededores, como si realmente pudieran aislarse en aquella kermés de denuncias, detenciones, víctimas de delitos, policías, periodistas, burócratas y demás personas que inundaban el lugar.

- Pues mire, lo que sé es que lo mató una pandilla que actuaba en la zona, cuando llegó la policía hicieron un perímetro y los agarraron de inmediato, luego se los llevaron sin trámites a la grande y la razón, según esto, fue por algún asalto, pero parece también que ya lo conocían y el gringo les caía mal o algo así. Lo que sí puedo decirle es que los asesinos están presos y confesos, sí señor.

- ¿Está seguro de eso licenciado? ¿Diría que lo mataron para asaltarlo? ¿No sería para quitarle algo en particular, alguna razón más de fondo?

- ¿Más de fondo? Pues no, por las declaraciones de los chavos que trajeron, que yo me enteré por casualidad detective, no vaya a pensar que por andar metiéndome en ese asunto, porque ni me tocaba, aunque antier sí me tocó guardia, pues me parece que la única razón es que le traían ganas y andaban pasados con algo. Les encontraron carrujos de marihuana y algunas dosis de cocaína que según andaban vendiendo, pero más bien se la estaban consumiendo. Según supe, todos llegaron drogados.

“La muerte de Campbell es casual, entonces Kuzmanovski no corre peligro, ni yo tampoco”, se dijo para sí Franco, desembarazándose de la leve inquietud que tenía cuando entró al Ministerio Público. Pero aún había otras interrogantes, por supuesto.

- ¿Por qué dice que estuvieron de cabeza y tienen prohibido hablar?

- Ah, déjeme le cuento detective, que para eso soy su amigo, un amigo muy agradecido, si me lo permite, porque usted manejó mi problema como nadie lo hubiera hecho…

Franco lo miraba atento, pero con un destello cada vez más evidente de que la paciencia se le terminaba.

- Pero bueno, le cuento, lo que pasa es que poco después llegó personal del gobierno, pero a otro nivel ¿me entiende?, con agentes especializados, y recogieron todo lo que hubiera respecto al crimen con el ministerio público que se encargó, aquí no quedó ningún expediente, creo que hasta el cuerpo que estaba en la Semefo se llevaron, incluso persiguieron a todos los reporteros para hablar con ellos y recoger todo su material y deben haber movido más arriba aún, porque en los periódicos ni en las noticias salió nada. Como si el asunto no hubiera ocurrido. A lo mejor hasta Seguridad Nacional estuvo metida en esto.

- ¿Sabe usted la razón? –Preguntó Franco.

- ¿No sabe quién era? –Preguntó a su vez el burócrata.

- Se apellidaba Campbell. –Dijo Franco al tiempo que se arrepentía del pequeño desliz.

- Pues yo no supe cómo se llamaba, pero según corrió aquí esa misma noche, era hijo de un hombre importante de Estados Unidos, según, un hombre muy, muy rico detective, fortuna en serio. Incluso hubo algunos agentes como gringos también, me imagino que de la embajada de allá, de Estados Unidos, se asomaron por aquí discretamente, como supervisando a los agentes del gobierno, se metieron enfrente de la calle a unas camionetas negras a hablar con ellos y luego se fueron. Rato después, cuando el turno terminó, no nos dejaron ir enseguida, fueron hablando con nosotros, uno por uno, para decirnos que por seguridad del país, no le contáramos nada a ningún reportero del gringo de la Obrera. Que yo recuerde, nunca había pasado algo así. Hasta amenazaron a los últimos dos o tres de la prensa que andaban aquí esa noche, que tuvieran cuidado con filtrar algo, porque no se la iban a acabar. ¿Está usted involucrado con eso detective?

- Estoy pensándolo –respondió cauto Daniel Franco, al tiempo que le dedicó una mirada fría, invitándolo a no preguntar más.

- Pues yo no creo que haya mucho que investigar detective, los culpables están adentro y, como ya le dije, confesos y si hay algo más, usted sabrá, pero esos ya no serían asuntos de cuernos ¿O sí? Si está metida Seguridad Nacional o la embajada de Estados Unidos, el Vaticano, los extraterrestres o lo que sea, entonces esas ya son big liguers ¿me entiende? No le vaya a pasar algo a usted, que con todo respeto sí le digo, sin ganas de molestarlo, yo en su lugar hay lugares donde no me metería ¿no le parece?

En ese momento el sujeto percibió por fin la mirada de Franco y comprendió que sus palabras habían tomado un rumbo equivocado e intentó corregir sobre la marcha.

- Bueno, yo se lo digo porque le tengo agradecimiento, no es que me importe ¿verdad? Este… ¿quiere saber algo más?

- ¿Tiene el nombre de las personas que agarraron?

- Es parte del expediente que ya no está, sé que se los llevaron, pero ya quién sabe qué es de ellos. Igual y ya ni están vivos.

La siniestra alusión incomodó a Daniel Franco, quien dejó pasar un segundo para recuperarse y hablando pausadamente retomó la última arista por averiguar del tema:

- ¿Qué sabe de una mujer llamada Julieta Díaz?

- ¿Ella quién es?

Era todo lo que Daniel Franco necesitaba oír, le extendió la mano al sujeto para darle un rápido apretón de manos para no darle oportunidad de que volviera a abrir la boca y salió de ahí hacia la agencia. Entonces recordó que por primera vez en muchos años, no había ido primero a la oficina para checar tarjeta y llenar un formulario de reporte con las actividades que realizaría durante el día.

La Contraseña VII

lunes, 8 de noviembre de 2010

La Contraseña V

[ Por Cosmos02 ]

Por si te perdiste las partes anteriores:
La Contraseña I
La Contraseña II
La Contraseña III
La Contraseña IV

III

Un rompecabezas por armar



Primera Parte

De lo que se trata es de manipular mentalmente todas las piezas que se tengan a la mano para ver si engarzan de un modo distinto al que en apariencia están. Y si bien el método no consiste en estar especulando constante e inútilmente, es importante no dejar detalles de lado que pudieran significar vacíos en la explicación de las cosas, como piezas faltantes de un gran rompecabezas. Para eso una gran mente debe estar siempre alerta, siempre observando, siempre ecuánime para que la razón trabaje sin tropiezos y a toda velocidad. La mirada de un detective, además, tiene que ser penetrante, pues debe estar adiestrada para ver más allá de lo ordinario, más allá de lo que los demás no pueden percibir a simple vista, pues la solución de los enigmas puede hallarse en las cosas más pequeñas, en los detalles ínfimos de una escena, una circunstancia, una conversación.

Daniel Franco no podía recordar si eso se lo había dicho William Baskerville treinta y tantos años antes o si eran palabras de Sherlock Holmes a Watson leídas de nuevo la semana pasada, pero cuando vio el edificio del domicilio de Julieta Díaz, lo primero que le vino a la mente fue que se trataba de un par de jóvenes fugitivos que buscaban esconderse de Kuzmanovski, a pesar de lo que la noche anterior le había dicho el mismo polaco, tal vez alemán. Pero, en efecto, no se iba a dejar llevar por la especulación, no era correcto. El registro electoral de Julieta Díaz tenía unos cuatro años, por lo que no era lógica esa conclusión, pues eso los convertiría en los fugitivos más torpes del mundo.

El edificio era un cubo gris con pintura descascarada en la parte alta de sus paredes e intensamente grafiteado en la parte de abajo. Tenía cinco filas de ventanas perfectamente alineadas, dos por piso, lo que daba a pensar que, desde la parte que daba a la calle, debía haber sólo uno o dos departamentos por nivel, aunque Franco sabía ya que por lo menos eran dos, por el número del departamento. Desde la calle se alcanzaban a ver las jaulas para tender ropa en la azotea, así como tinacos de asbesto manchados de herrumbre sobre bases de tabique, también con grafitti. La entrada al inmueble era una puerta de lámina color negro a medio abrir, por lo que Franco no tuvo que tocar para colarse al interior. Los departamentos de la planta baja, por la ausencia de ruido en su interior, parecían vacíos. “Departamento 302”, recordó el detective mientras comenzaba a subir la solitaria y estrecha escalera de cemento y barandal de herrería que se mal iluminaba con el tragaluz roto del techo. En realidad no se imaginaba a un norteamericano viviendo aquí, pero Domínguez había dicho, traduciendo palabras de su jefe, que “viene con mucha frecuencia con una mujer con la que tiene relación y que probablemente se hospede con ella” ¿Él sería casado? Entonces este sería un escondite de otro infiel, una verdadera aguja en un pajar para una celosa esposa norteamericana. Pero Daniel Franco interrumpió nuevamente de tajo ese pensamiento recordando que no se trataba de otro de los tantos casos que siempre atendía.

Llegó al tercer piso y miró el cubo de las escaleras hacia abajo, el viento que entraba por el tragaluz silbaba en el edificio, ahondando su aire de abandono. Se paró frente al departamento y tocó la puerta de metal, pero no hubo respuesta.

El pasillo daba acceso a otras dos viviendas, una enfrente, con el número 303 y otra a la derecha, el 301, cuya puerta comenzó a abrirse lentamente. Al voltear, el detective vio a una niña de no más de seis años que habló en voz alta: “Abueeee, ya vinieron a buscar a Julieta”. “Aquí es”, pensó el detective congratulándose por la agilidad de las cosas.

- ¿A quién busca? –Dijo una mujer morena, de baja estatura, robusta y con el cabello canoso. Tenía un delantal sobre un vestido verde oscuro y zapatos abiertos de plástico. El tono de su voz era hostil, como si hubiera sorprendido a un intruso. A Daniel Franco le pareció que debía tener más o menos su misma edad, sesenta años, tal vez un poco más y, literalmente, había tenido las manos metidas en la masa, haciendo tortillas.

- Buenas tardes –contestó gentilmente- busco a la señorita Julieta Díaz ¿vive aquí?

- Ella no está, ni va a estar luego ¿Quién es usted? ¿Qué quiere? –respondió la mujer aumentando la brusquedad de sus palabras. Tras ella, asomó la cabeza otra mujer, una adolescente que miró con curiosidad al detective.

- Deseo localizar a la señorita Díaz –respondió nuevamente buscando un tono de voz que aminorara las reticencias de la mujer mayor. Entonces la adolescente habló entrecerrando los ojos.

- ¿De parte de quién viene? ¿Es usted amigo de ella? –Dijo la joven que debía tener unos 16 o 17 años, también de poca estatura, más o menos como la mujer mayor pero sumamente delgada.

El detective comprendió enseguida que ella sería mejor interlocutora que la primera, por lo que habría que dar las respuestas necesarias.

- Soy el detective Daniel Franco, deseo localizar a la señorita Díaz porque ando buscando a un norteamericano, de nombre Ethan Campbell.

- “Ita” está muerto –dijo la mujer mayor abruptamente-

- Cállate abue, - le reconvino la adolescente. Entre ambas, la niña se apretujaba buscando espacio para ver -¿Es usted amigo de ella o viene por el disco? –insistió en saber la joven retomando la palabra.

El detective se contuvo un momento, no podía someter a esas mujeres a un interrogatorio, primero tenía que ganar su confianza si quería obtener información. De cualquier modo, el “Ita está muerto” le impactó como una bofetada sorpresiva. Se dio un momento para repasar rápidamente las piezas que ya tenía: Si está muerto, eso explica que no haya llegado a la cita, por lo que probablemente no existieran razones para que Campbell estuviera huyendo de su cliente, lo otro era saber de qué disco estaban hablando, pero tal vez sería un error demostrar que no tenía información sobre ningún disco. Si eso era relevante para su caso lo respondería Kuzmanovski, por lo que no habría porqué insistir de momento en él. Por tanto, lo importante era la información sobre “Ita”.

- Señorita, deseo ayudar a Julieta Díaz –dijo pensando que ese argumento le generaría simpatía-, pero debo hallarla. ¿Qué dice que le pasó a Ethan Cambpell?

La adolescente lo miró un momento y suspiró. Había decidido que Franco era de fiar ahora que demostraba también saber de la existencia de “Ita”.

- A Ita lo mataron antenoche aquí enfrente en la banqueta ¿No vio la cruz que está casi en la entrada? Julieta se fue, pero me dijo antes de irse que vendrían a buscarla, me dijo que les va a devolver el disco, pero quiere que la dejen en paz. Si usted viene por eso, le doy el papel que me dejó.

“¿La cruz? ¡Maldición!” Pensó Daniel Franco. Buscando estar atento a todos los detalles, había dejado de lado la cruz de cal en el piso que como ofrenda las vecinas que conocían a Julieta habían puesto al día siguiente en el lugar donde había muerto Ethan Campbell, con veladoras y flores de cempasúchil. Era una torpeza imperdonable no haber reparado en algo tan evidente y la inocente pregunta de la adolecente se lo había hecho notar como una bofetada al rostro. Había ignorado la cruz como si fuera parte del paisaje a pesar de estar a unos metros de la entrada del edificio, sobre la misma acera. Daniel Franco sintió como si tuviera una espina molestándole en el costado. Si estos descuidos se acumulaban, las cosas no marcharían bien.

Julieta Díaz ignoraba a los muchachos de la cuadra, pero no a sus mujeres, menos aún estas tres vecinas a las que había ayudado en diversas ocasiones y con las que, junto con Ethan, había desarrollado una amistad cercana. Daniel Franco percibió eso, ellas eran el conducto a Julieta, aunque dada la encomienda inicial, el énfasis estaba en descubrir con detalle qué había ocurrido con Ethan Campbell.

- ¿Cómo lo mataron? –Preguntó Franco adquiriendo un genuino aire de preocupación.

- Le metieron un balazo, ahí quedó tirado todo lleno de sangre, luego vino la policía y se lo llevaron –contestó la mujer mayor acelerando las palabras y haciendo un ademán hacia el piso con la mano derecha para enfatizar.

- Tan buen muchacho que era –continuó la señora ya sin reticencias-, no sabe cómo estamos aquí todas las vecinas enojadas por eso y ahora mire, no sabemos dónde está Julietita pues se tuvo que ir.

- Deme el papel que le dio Julieta, intentaré protegerla –Dijo Franco dirigiéndose a la joven mientras sentía cierta conmiseración por esas mujeres, con Julieta misma aunque aún no la conocía. La muchacha entró a su casa y volvió enseguida con una hoja de papel arrancada de un cuaderno. Al recibirla, Franco vio claramente que la mirada de la adolescente era un ruego clamando auxilio.

- Julieta es nuestra amiga y nos ha ayudado mucho. La vimos muy preocupada…yo creo que tiene miedo.

El detective extendió el papel:

judieliz_0896@yahoo.com.mx

“Un correo electrónico, esta mujer es inteligente”, pensó Franco, que aunque no era experto en informática, tenía los conocimientos básicos para saber qué implicaciones tenía ese dato: había tendido un medio de comunicación efectivo e impersonal. Dejó el mensaje de que devolvería el disco, cualquier cosa que eso significara, pero no se arriesgaría personalmente con quien le escribiera. “Ya veremos qué hay con ese disco”, reflexionó al tiempo que imaginaba un rompecabezas aún incompleto con la imagen de una joven corriendo, un cadáver en el piso y un hueco en el centro en forma circular, en forma de un disco compacto, elementos que ya podrían permitirle llamar a aquello un caso, un auténtico caso de detectives.

- ¿Cómo dijo que se llama? –preguntó la adolescente sacándolo de su repentino marasmo.

Entonces Franco se permitió algo que nunca le había sido posible hacer mientras tratara con engañados, pero que siempre había estado entre sus sueños más escondidos, a pesar de su edad:

- Franco, Daniel Franco...detective.

La Contraseña VI

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La Contraseña IV

(Por Cosmos02)

Por si te perdiste las partes anteriores:
La Contraseña I
La Contraseña II
La Contraseña III

II

Un caso para Daniel Franco

Segunda Parte

Al entrar a su casa, la profesora Estela Gómez dejó su portafolio sobre un sofá y se dirigió de inmediato a la cocina para beber agua. Corroboró las ollas con comida que sobre la estufa dejó su cocinera. Luego fue a la recámara a cambiarse los zapatos. En el camino de vuelta se paró frente al reclinable de la sala donde Daniel Franco alejaba su brazo para ajustar la distancia del libro a su presbicia, al verla se bajó los anteojos para leer a la punta de la nariz para mirarla por encima de éstos, le dedicó una leve sonrisa y se enderezó al tiempo que ella se agachaba hacia él para besarle la mejilla. Sus rostros se encontraron a medio camino y ella le correspondió con una caricia.

- Querida ¿cómo te fue hoy?


- Bien amor, bien. Me entretuve unos minutos hablando con la madre de un niño que suspendí tres días. Según las nuevas normas, ya no se puede más, merecía un mes.

- Desventajas de ser la directora querida –respondió Franco afectuosamente.

- Así es ¿Cenamos de una vez?

- Cuando digas. -contestó Daniel Franco.

La esposa del detective no había dado dos pasos hacia la cocina cuando sonó el teléfono. Se desvió al esquinero donde estaba el aparato. “Esa es una de mis hijas”, dijo al tiempo que tomaba la llamada. Daniel Franco, sin contestar, se arrellanaba en el sillón para intentar leer un par de párrafos más de una novela de Ken Follet antes de que tuviera que pararse a la mesa. Sin embargo, no había logrado retomar la lectura cuando la respuesta de su esposa al aparato lo hizo enderezarse de súbito en su asiento.

- Mister William, qué gusto saludarlo –dijo Estela-. ¿Cómo ha estado? Muy bien, gracias ¿Daniel? Sí, por supuesto, enseguida lo comunico.

No había colocado aún la bocina sobre el mueble cuando Daniel Franco ya estaba junto a ella extendiendo la mano para tomar la llamada.

- Tranquilo amor, es tu jefe, lo más seguro para saludarte.

- Ex jefe Estela –dijo en voz baja y tapando con una mano la bocina-.

- ¿Crees que esté pasando algo malo? – Preguntó mientras abría los ojos con sorpresa al ver el gesto de preocupación de su esposo.

- Ya veremos –contestó el detective mientras calculaba que era ya más de un año que no había vuelto a hablar con él desde que se retiró, por lo que sólo algo muy especial podía haber motivado la llamada.

- Mister William ¿Está usted bien?... Yo estoy muy bien, muchas gracias…. Estela también señor, gracias. ¿Ahora mismo? Desde luego, voy para allá señor. Así es, llego en menos de una hora.

Colgó el teléfono y miró a su esposa más intrigado que preocupado. William Baskerville quería verlo en la agencia en ese mismo instante, por lo que fue a quitarse el pijama de franela que ya tenía, se vistió con la misma ropa que usó durante el día, tomó su típica chamarra de piel del respaldo de una silla y se dispuso a sacar su auto del garaje.

- Vuelvo lo antes posible –dijo mientras descubría que su esposa lo miraba realmente preocupada, pues muy rara vez su trabajo lo obligaba a salir de su casa de noche sin estar previamente agendado.

- Espero que no esté pasando nada serio Daniel, cuídate mucho.

- Duérmete, regreso pronto. –Contestó el detective.

- Me hablas si no es así. –Le reconvino ella.

Pasaban de las diez de la noche y aunque las calles no estaban desiertas, el tráfico no representó ningún problema para su traslado. En poco tiempo se encontraba sobre avenida Reforma y unos minutos más tarde tocaba el claxon al conserje del edificio de oficinas donde estaba la agencia de detectives. El vigilante abrió el portón de reja que daba acceso al estacionamiento subterráneo y Daniel Franco metió su coche al tiempo que saludaba con la palma de la mano izquierda, igual que cada día durante tantos años.

El estacionamiento estaba casi vacío y unos cuantos focos mal iluminaban el espacio. Daniel Franco estacionó su auto en el cajón de siempre y desde ahí vio el automóvil en el que se trasladaba William Baskerville, siempre en compañía de su chofer. Se dirigió al elevador preguntándose qué podía haber ocurrido para que tuviera que ir a la oficina a esa hora. Por su mente revoloteaba la idea de algún accidente, tal vez a Guillermo Baskerville, proyectando sus propios deseos, o algún otro hecho fortuito que implicara ir a hacer alguna diligencia urgente para su ex jefe y que por eso lo citaba ahí con esa premura. Con todo, Daniel Franco sentía admiración y afecto por Míster William, como lo llamaba, por todo lo que le había enseñado y por darle un oficio y trabajo durante toda su vida, por lo que siempre estaría a su disposición si se lo requería. Para él, ese hombre había sido como un mentor, paciente y amigable, que lo había guiado como lo hubiera hecho un padre. Daniel Franco era un hombre de lealtades firmes, sin dobleces ni truculencias y si a alguien le había dado su lealtad, ése era William Baskerville y éste lo sabía perfectamente. De hecho, era el único de los muy pocos detectives que, habiendo sido adiestrados directamente por el detective inglés, no se había independizado.

Todo el piso 16 del edificio pertenecía a “Baskerville y Asociados”. Al abrirse el elevador, lo primero que se veía era un muro de cristal con el logo de la agencia, una silueta estilizada de Sherlock Holmes, el cual estaba iluminado por un foco de neón empotrado en el plafón. El resto de las áreas, los cubículos, la sala de juntas, la recepción y demás, estaban apagados, excepto la oficina que había pertenecido a su ex jefe, al final del pasillo que se extendía a mano izquierda de Daniel Franco. Ambas luces, la de la oficina y la del logo, eran puntos que trazaban una oscura línea recta que caminó sin prisas, obviamente familiarizado como si fuera su propia casa. Al llegar al final del pasillo dobló a la derecha y en la puerta del privado se encontró con el chofer de William Baskerville.

- Detective Daniel Franco, es un placer saludarlo. – Le dijo el chofer extendiéndole la mano.

- Señor Joaquín, el gusto es mío. –Respondió el detective mientras apretaba su mano con aprecio. El chofer también llevaba muchos años de servicio, por lo que su amistad ya era añeja. Enseguida el chofer le abrió la puerta al tiempo que le hacía con la cabeza la seña de que pasara. En el cruce de miradas, Daniel Franco no pudo discernir nada que le adelantara de qué se trataba. Al entrar, escuchó cómo cerraban la puerta tras de sí.

El cuarto era una lujosa oficina rectangular con recubrimiento de madera en las paredes color caoba, igual que el librero que se encontraba atrás del escritorio del fondo. El ambiente estaba iluminado de modo desigual por luces de neón como la del logo: una sobre el escritorio, otra proyectando su haz sobre un cuadro en la pared y otro par sobre una mesa de centro que estaba a unos metros del escritorio, rodeada por sillones de piel. En el muro opuesto al del cuadro, una amplia persiana guardaba un vasto paisaje de la ciudad, oscureciendo esa parte de la oficina.

William Baskerville se encontraba sentado de espaldas a la puerta, en uno de los sillones de piel, encorvado como si dormitara. Al escuchar la cerradura, se levantó apoyándose en ambos brazos, que luego le extendió a Daniel Franco para saludarlo con un abrazo.

- Mi muy estimado amigo, qué gusto verte de nuevo. –Dijo William Baskerville con el viejo acento inglés que aún asomaba sobre un castellano perfecto. Daniel Franco lo miró con afecto, pero guardó silencio.

- Debes saber que te he extrañado al igual como he extrañado la agencia. –Mister William dejó pasar unos instantes, miró al vacío y añadió: - A quien más extraño es a Mercedes.

Fue inevitable para el detective concluir que míster William se veía distinto, lento, viejo definitivamente. Ya no tenía ese ímpetu con el que enfrentaba con interrogatorios a sus interlocutores, ni ese brillo inquisitorio en la mirada. La sonrisa sarcástica, esa mueca con la que presumía su superioridad intelectual sobre los demás, había desaparecido. Ahora tenía el gesto amargado de un hombre que se sentía solo. Su pelo había terminado por ser completamente blanco y estaba evidentemente más encorvado, dejando de ser ese impresionante detective inglés alto y delgado, de nariz aguileña, cara angulosa, pómulos sobresalientes y su eterna pipa en los labios, que parecía siempre dispuesto al interrogatorio, a la deducción, a la conclusión mental rápida y aguda. Vestía camisa de franela a cuadros, pantalón de vestir, suéter abierto de lana y mocasines, en contraste con los impecables trajes que siempre solía usar.

- Pero no vine a quejarme contigo viejo amigo, sino a decirte que tengo un caso para ti. –Dijo sin soltarlo aún de los hombros.

Impasible como era su costumbre, Daniel Franco apenas y arqueó una ceja, pero siguió pendiente de las palabras de su maestro.

- Es algo que deseo atiendas de inmediato. Un amigo mío de Inglaterra se ha comunicado conmigo solicitándome su ayuda y he decidido que tú te hagas cargo.

- Puede canalizarlo a la agencia como siempre míster William. –Respondió Daniel Franco.

- ¿Y que te quedes esperando un caso otra vez amigo mío? ¿Creías que no lo había adivinado, que no lo sabía? Conozco tus sueños Daniel– William Baskerville sonrió bondadosamente- No olvides quién soy, también se perfectamente lo que ocurre aquí, se lo que hace mi hijo Guillermo. No lo apruebo pero como comprenderás ya no me es fácil intervenir. A veces pienso que debí haberte dejado la agencia a ti, pues te considero un hijo tanto o más que el propio Guillermo. Si debo ser honesto conmigo mismo, no es lo que siempre pensé, resultó un idiota.

- Preferiría no opinar al respecto míster William. –Reviró Franco lacónico, sin dejarse sorprender por los resabios de sagacidad que aún mostraba su antiguo jefe.

- Lo sé, pero también sé que muy probablemente ésta sea la última oportunidad para ambos querido Daniel. Para mí de cumplir una promesa nunca dicha, pero siempre pendiente y para ti de cumplir una misión ¿No te parece? Deseo que te encargues de esto ¿Lo harás?

- Usted sabe que si míster William. – Dijo Daniel Franco sin traslucir ningún sentimiento, pero internamente emocionado –Dígame qué ocurre –continuó.

- Siéntate, siéntate por favor, conversemos.

En ese instante el chofer abrió la puerta y anunció la llegada de “su cita míster William”. Dos hombres entraron a la oficina obligando a los detectives a ponerse de nuevo de pie. Uno de ellos era un joven de no más de treinta años, vestía de traje y traía el pelo engomado. Tenía rostro de inocencia y al andar buscaba siempre un espacio a la derecha del otro, un tipo más alto que cualquiera de los otros tres, una montaña de humanidad de gesto fiero y ojos negros, canicas que recordaban la mirada de un tiburón, pero resaltada por una papada que empequeñecía a una quijada de por sí también grande. Vestía un traje visiblemente más fino que el del joven, con pisa corbatas de oro que remataba en una piedra roja igual a la de las mancuernillas. En su cuello, ancho como tronco de árbol, colgaba una gruesa medalla de oro y en cada mano, además de sendas esclavas, había vistosos anillos.

El joven, atinadamente, se dirigió a William Baskerville:

- Sr. Baskerville, mucho gusto, soy el intérprete del Sr. Víctor Kuzmanovski. Desde Inglaterra el Sr. Khan nos ha dicho que contactemos con usted y que ya le dio algunos antecedentes del problema que nos trae aquí.

Tan pronto como comenzó a responder William Baskerville, el joven traducía al oído del gigante, al que tenía que acercarse inclinando hacia arriba la cabeza y procurando un tono de voz bajo, pero audible.

- Así es, algo me ha dicho míster Khan, amigo de hace muchos años y por eso le he pedido al detective Daniel Franco que viniera, pues él se encargará de su asunto. Como podrán ver fácilmente, yo ya no estoy en condiciones de ayudarlos directamente – dijo al tiempo que abría los brazos como para mostrarse a sí mismo-. Pero sentémonos para conversar como es debido.

De las palabras del traductor, que alcanzó a escuchar del susurro al oído de Kuzmanovski, Daniel Franco concluyó que hablaban en algo parecido al alemán, polaco, húngaro o alguna lengua similar.

Kuzmanovski habló a su vez al oído de su intérprete para luego mirar fijamente a Franco con sus ojos de tiburón.

- Deseamos localizar a una persona de nombre Ethan Campbell. Teníamos una cita hoy al mediodía y no llegó. Iba a encontrarse con el señor Kuzmanovski en el hotel Nikko, donde nos hospedamos, y no apareció. Es imprescindible para nosotros localizarlo.

- ¿Daniel? – Dijo Míster William como autorizándolo a hablar para que preguntara lo pertinente.

- ¿Él vive aquí o también viene de Europa? – Preguntó Franco, asumiendo desde dónde viajaban sus interlocutores.

- El viene de los Estados Unidos – Contestó el joven después de traducir para su jefe y escuchar su respuesta, confirmando la suposición de Franco.

- ¿Saben dónde se hospeda? Tal vez sea tan simple como trasladarse a su hotel y preguntar por él.

- No lo sabemos. –Dijo el joven después de un nuevo intercambio de palabras- Sabemos que viene con mucha frecuencia con una mujer con la que tiene relación y que probablemente se hospede con ella.

- ¿Saben su nombre? – Preguntó Franco sin inmutarse, pero internamente algo impaciente por el trámite preguntar-traducir-responder-traducir que con cierta parsimonia hacía el joven intérprete y haciendo de la conversación un proceso bastante lento.

Víctor Kuzmanovski sacó un teléfono inteligente y con un dedo comenzó a pulsar en la pantalla táctil. En sus grandes y gordas manos, el aparato daba cuenta de su existencia por la luz que desprendía, dando la impresión de que era su propia mano la que brillaba. Después de unos cuantos garabateos con la punta de su dedo, Kuzmanovski le mostró la pantalla a su intérprete y éste contestó:

- Julieta Díaz, Julieta Díaz Elizarrarás. Debe tener más o menos la edad de Ethan Campbell, algo menos de treinta años. Por lo que sabemos, si la encuentra a ella, encontraremos a Campbell con seguridad. Le adelanto que solo tenemos ese nombre, no un domicilio.

- Algo más –Dijo Franco- ¿Es posible saber el motivo de su encuentro? –Para sus adentros, Franco se preguntaba si ese enorme sujeto, de vestir ostentoso y en apariencia implacable para sus fines, no estaría buscando cobrar una deuda tal que obligara a Ethan Campbell a esconderse en México, lo que complicaría las cosas, pues en dicho caso no sería tan sencillo encontrarlo. Sin embargo, la respuesta que obtuvo no le dio elementos para saber si se equivocaba o no.

- Dice el Sr. Kuzmanovski que eso no es de su incumbencia, que él solo le pide que localice a Julieta Díaz para encontrar a Ethan Campbell, es todo.

- Perdone que insista –respondió Franco frunciendo un poco más el ceño-, tal vez hice mal el planteamiento, lo que quiero saber es si Ethan Campbell tuviera alguna razón para no acudir a la cita.

- Ninguna –respondió el traductor tras un instante, titubeó un segundo y añadió, aparentemente por su cuenta- por lo demás, como ya dijo el señor Kuzmanovski, no es de su incumbencia.

Daniel Franco brincó la vista del intérprete hacia Kuzmanovski y se encontró con un gesto hostil en una mirada sin brillo. Volteó a ver a su mentor y maestro y éste afirmó con la cabeza acompañando el movimiento con un lento pestañear, era evidente que se sentía cansado.

- ¿Qué es lo primero que vas a hacer querido amigo? –Dijo William Baskerville.

- Buscar el nombre de esa mujer en el sistema, en el registro federal de electores. Si no resulta, usaré el método habitual de localización –Respondió el detective-

- ¡Qué útiles nos son nuestros contactos en la política! ¿No te parece querido Daniel?

- Así es míster William.

Los cuatro hombres se despidieron no antes de anotar la habitación del hotel donde se hallaban Kuzmanovski y su ayudante e intercambiar números telefónicos del hotel y celulares.

Minutos más tarde, mientras William Baskerville se marchaba, Daniel Franco encendía la computadora de su pequeño privado para hacer una consulta a la base de datos del Registro Federal de Electores que Baskerville había obtenido extraoficialmente de un amigo del gobierno. Para fortuna de Franco, solo había una Julieta Díaz Elizarrarás en la ciudad de México y además coincidía con la edad de la mujer que estaba buscando.

Tomó su teléfono celular y marcó al de su esposa.

- Nada serio querida, voy de regreso.

Al día siguiente iría a dicho domicilio y, lamentablemente –pensaba Franco-, a eso se reduciría su examen de graduación como detective, aunque tuviera un sinodal tan extravagante como Kuzmanovski.

La Contraseña V

domingo, 31 de octubre de 2010

La Contraseña III

[Por Cosmos02]

Por si te perdiste las partes anteriores:
La Contraseña I
La Contraseña II


II

Un caso para Daniel Franco


Primera parte


Para Daniel Franco ser detective privado era una rutina monótona y ya muy poco tolerable. Cumplía, sin embargo, puntualmente con todos los encargos que se le daban contando con tristeza los días que le faltaban para que la jubilación fuera inevitable. Su nuevo jefe, Guillermo Baskerville se había encargado de minar inexorable, paulatina, pero sutilmente, un poco de su dignidad cada día, con la esperanza de acelerar su retiro, y él había cometido el error de aceptarlo en silencio. Ya ni siquiera le divertía ganar las apuestas que hacían con él sus compañeros y en donde su récord de triunfos era impresionante. Al detective Daniel Franco le bastaba ver el expediente de la persona a investigar, su edad, ocupación, domicilio, la dirección de su trabajo, sus ingresos, el automóvil, su fotografía y, tal vez, su marca de ropa, para saber si tenía o no, y en qué hoteles, citas clandestinas. A veces llegaba al extremo de adivinar los días en que éstas ocurrían, la hora y si eran con alguien de su propio lugar de trabajo o fuera de él, con amantes consuetudinarias o de paga, y todo con solo ver los antecedentes del caso. En casi cuarenta años de hacer pronósticos sobre infidelidades, apenas y se había equivocado un par de veces, una para bien de la pareja, otra para mal. Aun así, sus compañeros insistían en apostar contra él, en lances cada vez más arriesgados, pensando que su evidente hartazgo del tema lo llevaría a equivocarse. Craso error. Daniel Franco no dejaba de aguzar su ya muy adiestrado instinto, por lo que su primera afirmación, después de ver la información disponible, casi siempre era la conclusión del caso. La corroboración venía después, a veces con unos pocos matices, y con ella el cobro de las apuestas.

Sin embargo, para Daniel Franco, detective de la agencia “Baskerville y asociados”, perseguir infieles no solo ya no representaba ningún reto, ninguna emoción, sino que se había convertido en el estigma de su vida, en una condena infamante. El título de “mejor sabueso de infieles” que le habían puesto en la agencia no lo llevaba con orgullo. Al contrario, le clavaba en la autoestima el vergonzoso papel de delator de rompecorazones, lo que distaba mucho de la imagen que tenía sobre la verdadera labor de un detective. Y lo lamentaba aún más cuando veía cómo sus compañeros eran asignados a casos más interesantes, como localizar personas desaparecidas, investigar actividades de espionaje industrial, deslealtades de algún ejecutivo, o diseñar la seguridad organizativa de una empresa para prevenir fraudes y, en general, todo el catálogo de servicios que la agencia ofrecía. Pero Daniel Franco no se quejaba. A sus sesenta y un años era un hombre parco para hablar, aparentemente impasible y que aún mantenía una mirada severa, escrutadora en un rostro que se había hecho más y más adusto con cada vergonzosa discusión que se daba entre cónyuges después de sorprender al o la infiel in fraganti. Entonces Daniel Franco los miraba, una vez más, discutir con los mismos argumentos, las mismas excusas, las mismas recriminaciones que hacía tantos años, como si se tratara de los mismos personajes, amargándose como si ese drama le incumbiera personalmente, como si él fuera quien acusaba o quien recibía los gritos. Por fortuna, dada su edad, lo hacían acompañar de otros dos detectives más jóvenes, físicamente impresionantes, para que intervinieran cuando él preveía que el encuentro iba a ser violento. Su jefe, Guillermo Baskerville, lo detestaba, pero no pensaba permitir que sufriera algún daño. Así, al menos, se evitaba la necesidad de ponerse en la línea de fuego del conflicto, e incluso, últimamente, podía darse el lujo de alejarse discretamente de los sucesos. Por eso se alegraba internamente cuando la parte sorprendida reaccionaba huyendo, sin querer enfrentar a su pareja, ahorrándole la escena. Sólo entonces se permitía una muy discreta sonrisa mientras miraba a algún infiel correr por el estacionamiento de un hotel. Ni qué decir cuando el cliente sólo solicitaba pruebas suficientes para tramitar un divorcio. Entonces todo era más sencillo, tan impersonal como sacar algunas fotos, tomar algunos videos, grabar alguna conversación sin que el involucrado se enterase quién había sido y luego dar el asunto por concluido.

Todos sabían de la creciente animadversión de Daniel Franco por los casos de conducta conyugal, pues era evidente, pero ninguno conocía la razón. Nunca se lo había confesado a nadie, ni siquiera a su ex jefe, y maestro, al que lo había reclutado para convertirlo en detective cuarenta años antes, William Baskerville, padre de su jefe actual Guillermo Baskerville, pero a Daniel Franco, especialista en cazar infieles, esta actividad no lo decepcionaba tanto como el no haber tenido nunca un caso verdadero, un misterio cuya resolución hubiera podido poner a prueba su inteligencia, su ingenio inductivo y deductivo, pero más aún, las técnicas de investigación y raciocinio que William Baskerville le había enseñado prometiéndole una carrera profesional llena de peligros, de sofisticados malhechores desenmascarados, de intrigas soterradas que serían develadas después de una intensa y apasionante investigación plena de acertijos, con personajes excéntricos y esquivos. Ilusión que, además, Daniel Franco alimentó leyendo a Conan Doyle, Agatha Christie, Vázquez Montalbán, pasando por cuantos encontraba a su paso en la propia biblioteca de la agencia, desde John Le Carré y Paul Auster, hasta Paco Ignacio Taibo II y Roberto Bolaño. Mientras fuera investigación detectivesca, su imaginación no le impedía encarnarse incluso en personajes como el padre Quart de Pérez-Reverte o Dupin de Allan Poe. Daniel Franco gozaba profundamente de la literatura del género, dándose una vida que su realidad de detective le negaba.

Por su parte, William Baskerville, su maestro, había llegado a México comisionado por Scotland Yard para perseguir un caso que era del interés de la Corona Inglesa y ahí se quedó a vivir. Resuelto el caso, renunció al servicio y fundó su propia agencia de detectives poco antes de casarse. Conoció a Daniel Franco, veinte años más joven que él, y lo contrató como su primer ayudante. Sin embargo, en México no parecía haber mucho interés por contratar a un detective inglés, por lo que William Baskerville aprovechó cuanto contacto tuvo a su alcance para investigar infieles entre matrimonios de la alta sociedad, que era un servicio demandado si se ofrecía con suficiente discreción y buen gusto, y que daba muy buenas utilidades. Enemigo de la imagen del detective solitario, que despachaba en una oficina sucia y oscura, que se moviera siempre en el bajo mundo, tratando con rufianes y prostitutas, William Baskerville concebía a la agencia como una empresa que debería registrar año tras año un crecimiento sostenido. Por eso se ponía sus mejores galas y asistía a cuanto evento social se pudiera colar, cosa que no le costaba trabajo por su facha de inglés alto y distinguido, de cada día mejor castellano y con mirada de persona sagaz e inteligente, así fuera a una fiesta en alguna embajada o en los mejores palcos en el hipódromo. De ese modo, poco a poco, iba multiplicando los casos en los que se enganchaba, aumentando las ganancias y haciendo crecer la agencia, al tiempo que especializaba a Daniel Franco en esa actividad.

Con el tiempo, “Baskerville y Asociados” (que en realidad no los tenía) se consolidó y diversificó sus servicios, pero a William Baskerville le costaba mucho trabajo negar la asistencia de su mejor hombre para perseguir infieles, postergando siempre su promesa de asignarlo a los pocos casos que pudieran representar peligro, los cuales atendía directamente. Por afecto a Daniel Franco, William Baskerville lo excluía de aquello que hubiera aceptado con pasión, aunque significara riesgo para su vida. Y pasaron los años, uno esperando poder titularse de detective al fin y conformándose con serlo mientras leía más y más libros, se casaba, formaba familia y crecían los hijos, el otro protegiendo a su alumno más brillante. Así, William Baskerville, con casi ochenta años encima y su esposa recién enterrada, decidió retirarse, dejando al frente de la agencia a su hijo Guillermo, quien desde niño vio con celos a Daniel Franco, por toda la atención que le prodigaba su padre y que en diversas ocasiones le negara a él. Por eso, cuando por fin tuvo en sus manos la agencia, Guillermo saturó de casos de infieles a Franco, habiendo percibido que no los deseaba, para incitarlo a renunciar y cruzando los dedos porque alguna vez se equivocara y poder humillarlo ante los demás detectives de la agencia. Pero Franco se mantenía invicto pese a todo, con lo que la relación entre ambos era siempre tensa, agria, con miradas hostiles, uno esperando un error y el otro resistiendo hasta el último día, para no perder su liquidación y su pensión. Él, que hubiera preferido ser un detective solitario y de gabardina, de cigarrillo en la boca y sombrero de fieltro, sin más despensa que una botella de vino y un poco de pan, que despachara en un cubículo con luz amarillenta y escritorio desordenado, siempre a la espera de una bella y misteriosa dama que llegara contando una historia que pusiera en peligro su existencia y reputación, era en realidad un empleado de una corporación de detectives con nómina, prestaciones de ley y horario fijo, y cuyos clientes eran atendidos, más bien, por promotores de ventas.

La Contraseña IV

martes, 26 de octubre de 2010

La Contraseña II

Por si te perdiste las partes anteriores:
La Contraseña I

I

Noche sin luna

Segunda parte

Julieta Díaz, lo dejaste salir y sabes que ése es un grave error. Tú que siempre eres mesurada, prudente y reflexiva, que tomas las peores noticias ecuánime. Hoy explotaste en furia por lo que él vino a decirte, por hablar precisamente después de hacer el amor. Ese acto tan intenso al que se entregan con frenesí durante los pocos días de cada mes en el que él está contigo, por lo que el tiempo es un enemigo que acelera su paso mientras se miran, se besan y fusionados en un abrazo recorren esta pequeña galaxia del primero al último sol.

Pero conoces la lógica del Poder, sabes que con el Poder no se juega, que sus reglas son implacables e inmisericordes. Tenías que disgustarte como lo hiciste porque su osadía es de las caras, de las imperdonables, las que destrozan, las que te obligan a huir y esconderte por siempre si quieres salvarte de su venganza.

Él llegó a la hora exacta según su mensaje, se abrazaron y besaron, platicaron y comieron en la modesta mesa de tu departamento. El venía radiante, feliz, traía los ojos de un niño que se divierte con la travesura que acaba de hacer. Se amaron y habló. Fuiste sintiendo sus palabras como metal derretido sobre tus razones, sobre tus propios planes, sobre tu vida. Ethan llegó para echarlo todo a perder, para proponer algo que parecía simple, pero que sabías no lo era. Por el contrario, podría convertirse en el estigma de sus vidas, por lo menos de su vida y, por tanto, el fin de tu relación con él. Por eso te enojaste, porque no era una travesura, lo que él hizo es un crimen. Más que un crimen, peor aún, una afrenta al poder de su padre que no perdonará y que, en su propia reacción, podría arrastrarlos a todos. El creyó que exageraste al disgustarte así, pero sabes que no, que lo que hizo equivale a irse a ofrecer de sacrificio a un poderoso leviatán encolerizado que lo va a engullir sin remedio.

Estás enojada Julieta y ante el asombro por tu actitud, él salió molesto también, para hablar de nuevo cuando estuvieran tranquilos. Sin embargo, ahora te embarga la preocupación. Ambos se precipitaron y rompieron una regla que tú, por precaución, pusiste: jamás salir de este departamento después de las diez de la noche. Si querían divertirse hasta tarde, saldrían desde temprano y regresarían al día siguiente, preferible quedarse en un hotel para nunca transitar de noche por estas calles peligrosas. Pero ambos olvidaron la regla y tú lo dejaste ir, sin saber siquiera a dónde, ni a qué hora volvería.

Caminabas preocupada por la estancia, mirando de vez en vez la computadora portátil y el disco que él dejó sobre la mesa, motivo de la discusión, cuando escuchaste el disparo. El sobresalto del corazón te dijo que la desgracia estaba más cerca de lo que habías imaginado. Corriste a la ventana y un resquicio entre las nubes dejó pasar el brillo de la luna suficiente para que distinguieras su silueta en el asfalto, haz blanco señalando la tragedia, frente al edificio, con una violenta rosa en el pecho, sin notar que cinco sombras se confundían con la oscuridad, huyendo veloces por las calles sucias al abrigo de esta noche asesina.

Bajaste volando las escaleras para toparte con una mirada sin vida que te cuestionaba desde el vacío. Tu angustia se transformó en la contundente certeza de lo irremediable y te derrumbaste a su lado para llorar tapándote la cara mientras más de dos años de tu vida morían también ahí mismo. Una cacofonía de escenas danzó enloquecida en tu mente: su cuerpo en el suelo, su cuerpo tibio en tu cama, el día que se conocieron en Cancún, la primera vez que volvió con flores en las manos, la manera en que siempre lo aleccionaste regañándolo mientras sonreías, los días de playa, los momentos recientes en que sacaba una computadora portátil de su mochila mientras decía misterioso “tengo algo importante qué contarte y un favor que pedirte”, los días de subir cerros, las horas comprando libros en El Sótano de Coyoacán, el orgasmo de la tarde, la birria dominguera que le gustaba, el beso apasionado de despedida de hace un mes, la cecina de Amecameca, el viaje del año pasado al Istmo, las porras a los pumas, el frío de los Yaquis, su mano en tu mejilla, su presencia silenciosa mientras hablabas con campesinos, las tlayudas de Oaxaca, tu abrazo para no olvidar un once de septiembre, la frenética noche de sexo en una bolsa para dormir en un albergue del Popo, su devoción por ti, una tarde en pacífico silencio tumbados en el Espacio Escultórico, tu amor por él, la noticia que no alcanzaste a darle, lo que no será, todo lo que iba a ser y que, ahora entiendes, no será, no será, no será.

No sabes si fue un segundo o una hora, pero el murmullo de personas asomándose a ventanas que parecían abandonadas y de puertas abriéndose, rompió tu abstracción y te permitió escuchar sirenas acercándose, tal vez ambulancias. ¿Patrullas? Recordaste súbitamente la discusión reciente y comprendiste que tu vida, que ya no era enteramente tuya, estaba en peligro. Te levantaste sin haberlo tocado y corriste de nuevo a tu departamento, tomaste el disco y lo echaste a la mochila rápidamente sin dejar de limpiarte los ojos con los antebrazos, humedeciendo las mangas de la blusa; temblando vaciaste en la misma mochila llaves, papeles, ropa sacada caóticamente de los cajones, todo el dinero disponible y fuiste a la puerta. Antes de apagar la luz, miraste tu departamento, tal vez por última vez, y el enorme dolor de su muerte se mezcló con una recién llegada nostalgia por lo que representaban esos modestos muebles rústicos y los libros regados sobre la mesa, el sofá, el buró e incluso en la cocina, la cama, tu cama, la de ambos. Agitaste la cabeza buscando no pensar más y cerraste la puerta. Momentos después tu silueta se escurrió entre los curiosos arremolinados respecto al cuerpo de Ethan, iluminados por el girar de luces azules y rojas de las torretas. Luego irás corriendo en dirección correcta hacia avenida Tlalpan, donde te recogió de inmediato un taxi.

La Contraseña III

sábado, 23 de octubre de 2010

La Contraseña

(Por Cosmos02)

Presentación
Hace unos días, en los medios especializados en Tecnologías de la Información (TI), llamó la atención la aparición del virus informático denominado Stuxnet, el cual está diseñado para atacar sistemas de control industriales y otros sistemas críticos, de modo sin precedente. Se afirma que aprovecha de manera muy sofisticada hasta cuatro vulnerabilidades hasta ahora desconocidas simultáneamente, del sistema operativo Windows (llamadas “Del día cero”, por su peligrosidad), por lo que la elaboración de ese virus no fue iniciativa de jóvenes programadores ciber-vándalos queriéndose hacer notar, sino por personal altamente capacitado trabajando en equipo y con una enorme cantidad de recursos financieros y materiales a su disposición para continuar con una ciberguerra ya en curso.

El asunto no es nuevo, por supuesto, y hablar de la seguridad informática tampoco es muy original que digamos, pero estas noticias me recordaron el tema de una novela que escribí entre 2005 y 2007 (y a la que cada año, durante algunas semanas, le cambio algo) a partir de una idea desarrollada varios años antes y a la cual, hasta ahora, nunca me he sentado a arreglarle diversos detalles para poderle dar punto final; por lo que tampoco me había animado a publicarla, como sí he hecho, en cambio, con todos los libros sobre computación que he puesto en librerías, dejándola hacerse vieja entre los bytes de los discos duros de las computadoras que he tenido en todo este tiempo. Pero para que sucesos como el virus Stuxnet no sigan dándole de sapes a mi historia, haciendo que la realidad rebase a la ficción para variar, he decidido ponerla a su consideración de forma paulatina, tanto en El tianguis Bloguero (independientemente de los post habituales de mi Bro el Agus y uno que otro con el que le suelo colaborar) así como en mi página web www.guiasinmediatas.com, añadiendo partes una o dos veces por semana hasta terminar. A ver si así tengo la presión suficiente para arreglarle las cosas que debí revisar desde hace mucho. Sus comentarios son, por supuesto, bienvenidos, independientemente de que sean unos pocos.

Quedan pues cordialmente invitados a seguir este culebrón tecnológico titulado “La contraseña”.

I
Noche sin luna

Primera parte

Ethan Campbell, esta ciudad te señala con ira, te rechaza, te expulsa. Se niega a aceptarte y te lo hace ver violentamente. Tienes facha de niño rico. Eres un niño rico, de ojos azules, cuerpo de gimnasio, pelo rubio y un metro ochenta, la sonrisa perfecta y los modales de niño educado en Lake School, la mejor escuela privada de Seattle, de bellos prados e impecables instalaciones a la que asististe en auto deportivo desde que te dejaron manejar. Pero aquí no es tu lugar, por mucho. Eres un gringo que tuvo la audacia de salirse del rumbo reservado a los turistas. ¿Qué haces por la colonia Obrera de la ciudad de México poco antes de la medianoche? ¿No deberías estar en las afueras de un hotel de Reforma si acaso? ¿En la Zona Rosa tal vez? ¿Por qué no en Polanco? ¿Por qué no en Paris, Londres o Berlín? ¿A dónde vas? ¿Por qué deambulas en dominios que no te pertenecen? ¿No te das cuenta que contrastas como un faro en medio de la oscuridad? ¿Quién te dijo que estas calles un día serían tu hogar? Te mintieron. Corrección: te mentiste. Esta ciudad te observa, te segrega, te condena y te persigue para que pagues tu soberbia. Te persigue sin tregua haciéndote pegar la huida más frenética y angustiosa de tu acomodada vida, porque es precisamente tu vida la que se va en cada zancada, en cada metro que acortan tus perseguidores, en cada bocanada de aire que jalas queriéndole dar más impulso a tu carrera. Ahora no hay dinero que valga, sólo la velocidad de tus piernas te puede salvar. Ethan Campbell, tienes que pagar el precio de tus osadías y no con dólares.

La vida es sólo una sucesión de absurdos y el amor una víctima de los malos entendidos. Él te ama, por eso te humilla así. Lo que empezó como un desencuentro con tu padre, terminó siendo un enfrentamiento reiterado y amargo en el que te cuestiona permanentemente. Él no cree aún que hayas salido de la adolescencia, a pesar de tu edad y desde hace tiempo tú tampoco crees que él pueda cambiar contigo. Nunca hubieras podido imaginar que ese conflicto te llevaría, sin ningún plan preconcebido, a un amor inesperado que llegó para ti con el tenue brillo de una mirada en un paraíso lejano. Un fuego que seguiste una noche porque te dio una luz nueva, que no sabías que existía, que te enamoró enseguida y que, para tu asombro, ella te obsequió precisamente cuando más convencido estabas de que nadie regala nada. Siempre pensaste que todos estaban a la disposición de tu dinero, del mucho dinero de tu padre, y de golpe entendiste que no es así. En el mundo del que vienes el dinero es el centro de todo y lo primero que ella hizo fue despreciarlo. Más aún: averiguó si existías sin él y eso bastó para cimbrar tu mundo, que creías basto y que ahora no te es suficiente. Por eso has sido arrastrado por ese fuego casi tres años, hipnotizado por su fulgor, como mariposilla que vuela instintiva alrededor de la débil luz de una vela. Pero te equivocaste al creer que eso te daba derecho a poseer la noche de la ciudad más grande del mundo, probablemente la más siniestra también. Te familiarizaste con este rumbo, conociste sus calles, usaste el Metro, recorriste a pie largos tramos de Tlalpan, caminaste frente a los travestis que se mostraban siempre en la misma esquina mirándote con picardía y hasta llamándote para que voltearas a verlos, conociste a la señora de la tienda de la esquina e intentaste practicar tu castellano con las vecinas de tu piso. No reparaste nunca seriamente en las miradas hostiles de los muchachos de la cuadra, ignoraste las recomendaciones de tus amigos, también ricos, que te sugerían no andar en países del tercer mundo, y seguiste viniendo aquí para comprobar que su luz era tuya, que no era un sueño, que otro universo existía, distinto, con otras reglas; algo exótico, pero genuino, más humano, doloroso, pero lleno de sentimientos que nunca te enseñaron a practicar; algo sin nombre, oscuro pero esperanzador.

No era solo la enorme belleza de Julieta, distinta a todas las frívolas e insensibles amigas de Seattle, anoréxicas que ni de lejos le igualaban la sensualidad del cuerpo y menos aún el sabor de sus labios y piel. No eran esos ojos negros, límpidos, en los que viste una vez reflejarse la luna llena como en la superficie del agua de un pozo profundo, misterioso y bello. No era solo el tono de su voz, modulada y segura, protectora y firme, diametralmente distinta a los tipludos gritos con los que tu antigua novia se zafaba de tus brazos cuando hacía berrinche. Era más que su voz, eran sus palabras. Hablaban de cosas distintas y extrañas, premoniciones de antiguas leyendas que en tu mundo eran ideas malditas, esperanzas proscritas que una vez te dijeron estaban muertas. Julieta no solo creía en la necesidad y posibilidad de un lugar mejor para todos, dedicaba su vida a ello. Hechicera moderna que fruncía el ceño al leer más de un periódico todos los días, que buscaba entender su tiempo e insertarse en él. Más de una vez la acompañaste fuera de la ciudad, junto con sus compañeros, y de su mano llegaste a comunidades pobres para verla cumplir con su trabajo. Julieta tenía un pacto de sangre con su pueblo y a ti te avergonzó descubrir que no tenías más compromiso que contigo mismo y la fortuna que debías conseguir.

“¿Pueden dos personas tan lejanas, tan distintas, con caminos tan diferentes, encontrarse, comprenderse y amarse? ¿Es eso posible?”, preguntaste después de que, por fin, luego de meses de encuentros, ella accedió a hacer el amor contigo por primera vez. Porque con ella sexo y amor no eran divisibles, porque no iba a entregarse con la indiferencia con la que lo hubieran hecho muchas de tus compañeras universitarias, porque el ritual, de no ser llevado con reverencia y verdad, no llegaría nunca a las caricias, menos aún contigo, Ethan. Julieta se mantuvo a la defensiva hasta que se convenció de ti, pues no se entregaba sin amar y menos aún a alguien que podría no volver nunca después de haber obtenido lo que, explícitamente, buscaba desde el principio. Ella jamás sería el trofeo de un pudiente junior gringo, ejemplar de caza que luego presumiría en la sala junto a la piscina de su residencia. Pero cumpliste todos los requisitos, recorriste los caminos que te mostró y pasaste las pruebas de abnegación que te impuso y si te hubiera pedido que atravesaras el infierno sin Virgilio, igual estabas dispuesto. En el trayecto, buscando el amor, transformaste tu alma sin remedio.

“Los contrarios se tocan”, contestó ella con calma mientras descansaba su cabeza en tu pecho desnudo, una mano en tu hombro, la otra en tu espalda. “Los contrarios se rechazan, pero se atraen, se niegan, pero se necesitan. Por eso viven. Por eso es posible que nos amemos, a pesar de nuestras historias personales. Es más, bajo determinadas circunstancias, los contrarios pueden transmutarse uno en el otro”, dijo entrecerrando los ojos. “¿Qué significa eso?”, preguntaste con la intriga que siempre te causaba ese modo de hablar que te hacía pensar que ella tenía una visión extraña, pero profunda de la cosas, capaz de mirar más allá de lo obvio, más allá de tu piel, hasta el hueso de tu corazón, si lo hubiera. Vidente que esgrimía los sortilegios de las ciencias sociales, hechicera de la UNAM. “Significa, gringuito loco, que un día tú te vas a tener que quedar aquí a vivir y que seré yo quien venga a visitarte una vez al mes y entonces sí, sabrás lo que es sufrir”, contestó estallando en esa carcajada contagiosa y divertida, manantial sonoro que se prodigaba generoso y genuino. Te pusiste serio ante la broma, para inmediatamente sucumbir, otra vez, a su encanto y al imán de sus brazos y su boca, embrujo del que no podías escapar.

La escuela de negocios de Harvard no te había preparado para entender del todo la naturaleza de las ONG, como aquella en la que Julieta trabajaba. Alguna vez tus compañeros y maestros se rieron de ti y tus experiencias, de la posibilidad de una labor sin ganancia, de un logro sin índice de productividad, un costo sin tasa interna de retorno, un proyecto de inversión cuyo resultado no debía ser la ganancia, sino la gente. Gasto inútil que no sacaba de la pobreza a ningún pueblo, como lo haría la libre empresa, la producción, el comercio. La libertad es el intercambio de mercancías, el libre funcionamiento del mercado. La pobreza, una difamación de sedicentes y, si acaso, la penitencia de los indolentes, no un resultado del sistema. Harvard prepara estrategias para obtener grandes ganancias financieras, así lleven a la humanidad a las crisis, y no ideas para aliviar el mundo.

Así, el estruendo de su burla llegó hasta tu padre, Steve Campbell, importante ejecutivo de la empresa de software más grande del mundo y el conflicto entre ustedes se consolidó más rápido en lo que estaba destinado a ser de cualquier modo, con Julieta o sin ella: odio irreconciliable. Entonces decidiste que en lo futuro éste amor sería tu lado secreto, tu prueba íntima del rechazo que le profesarías a tu padre y su empresa por siempre, tu venganza sobre el futuro que te ofrecía y sobre todas las prohibiciones que te impuso a partir de ese momento; aliciente para escapar permanentemente, para burlar todos sus cercos y escupir tu asco por todo lo sintético que te rodeaba. Aumentaste la frecuencia de tus viajes y en cada encuentro con ella aprendiste siempre algo nuevo que reforzaba tus recién adquiridas convicciones. Chantajeaste a tu madre para que te guardara el secreto, fingiste sumisión a él, aceptaste el puesto que despectivamente te ofreció para que demostraras arrepentimiento, primero por dinero, y con él libertad de movimiento, y luego para encontrar ocasión de traicionarlo. Buscando abrazar la luz de Julieta, fuiste fraguando un plan y creíste que la ciudad sería tu cómplice, como llegó a serlo Jack Hampton.

Te equivocaste. Esta ciudad no es cómplice de nadie, aunque también lo es de todos al mismo tiempo. Leal y traicionera, abre sus secretos sin pudor, al tiempo que cifra sus verdades más simples. Estas calles matan, pero lo olvidaste de modo infantil y a ti te habían echado el ojo, condenándote desde hacía algún tiempo. Nunca entendiste que tu presencia era una afrenta para la banda, el grupo de cuates que siempre volteaban a verte, que te sentían cuando pasabas, que te envidiaban odiándote, que especularon muchas cosas de ti sin saber nada realmente, que no podían aceptarte con tu ropa fina y pinta de bien criado, gringuísimo en tu mirar, sonreír y respirar, tu mal español, tus abrazos a esa mujer buenísima que en tus ausencias vivía sola en un pequeño departamento de un sucio edificio de la misma calle, pero que los ignoraba también, con su aire de sabihonda y educada, licenciada en algo, con sus anteojos sin aro, el pelo recogido y sus pantalones de mezclilla, que aunque sueltos, no podían simular la exquisitez de sus piernas, ni la tentación de una cintura que imaginaban breve bajo el suéter de cuello alto. La deseaban desde que la vieron llegar ahí pocos años antes y alimentaron sus fantasías con ella, aunque nunca le hubieran sacado siquiera un saludo. Entonces llegaste a pasear por ahí, inocente de lo que ocurría alrededor e ignorante de la bofetada que propinabas a aquellos desheredados de la ciudad en los que apenas, al igual que ella, habías reparado. Tu sola presencia exaltaba su ánimo y lo estás descubriendo esta noche, en la que corres desesperado por regresar al departamento, a la guarida secreta que compartes con Julieta, mujer a la que amas y por la que escapas con cada vez mayor frecuencia de tu casa, tu familia, tus amigos, tu barrio residencial, tu trabajo en Microsoft, tu país, donde todo es más abundante, más seguro, más limpio, pero que ya no te llena, en el que ya no crees, que odias y que estás ansioso por dañar, por propinarle un golpe muy duro, devastador.

Qué ironía, la mezcla de amor y odio que hay en ti te hizo caer en esta trampa mortal que te hace correr sin parar. El frenesí de la carrera se amalgama con los sentimientos encontrados, agridulces, que te invaden desde hace rato, revolviendo tu cabeza y alargando las calles sin luz, pasillos infinitos que a pesar de tu velocidad no parecen tener salida, con la muerte corriendo tras de ti y el miedo helándote las manos y el rostro, paralizándote la sangre y obstaculizándote el avance, como si nadaras en un río de lodo. De repente, ante tu vista comienza a deformarse el horizonte en un torbellino que mezcla el asfalto con el cielo, las paredes con las nubes, la salvación con la muerte. Te levantas del piso como mejor puedes y reanudas la huida, cada vez más exhausto, cada vez más aterrado.

Saliste disgustado del departamento sin más ideas que ir al bar de algún hotel de paso cercano a tomar algo. Seguías sin entender nada. Jamás hubieras imaginado que Julieta reaccionaría como lo hizo ante lo que planteaste, no esperabas con esto la primera discusión seria de tu relación. Tal vez era cierto lo que dijo: no habías aprendido nada, estabas igual que al principio, a pesar de todo. Y en esas consideraciones fuiste adentrándote en una calle oscura como el cielo atiborrado de nubes negras que dejaban a esta noche sin luna y en donde el silencio ominoso apenas era tocado por el murmullo lejano de algún conductor nocturno. Por ahí caminaste un largo trecho, por la calle sin lumbreras, de ventanas cerradas o vacías, siempre sin luz en su interior, de bodegas abandonadas y sin percibir las cinco siluetas que te seguían dispuestos a cobrar juntas todas tus deudas. Demasiado tarde te diste cuenta de tu error, Avenida Tlalpan era para el otro lado y al girar en redondo te estrellaste ante lo evidente: iban tras de ti con la peor de las intenciones y ahora no te queda más que seguir corriendo.

El miedo confunde. Es una enfermedad súbita que cuando no paraliza, obnubila. Ya no estás seguro si te persiguen o te esperan más adelante, si en vez de escapar, estás adentrándote más y más en una trampa, en una cueva sin salida, en la tan temida y mentada boca del lobo, fauces gigantescas que huelen a orines y cerveza podrida en los rincones, a zozobra y soledad en esta noche incierta. Sigues corriendo. Alcanzas a ver por fin el departamento de Julieta, la luz encendida en el tercer piso. Cuando estás a punto de llegar a la puerta del edificio, un violento tirón a la camisa te tira al suelo. El resto es cubrirse la cara de los golpes de cuatro, cinco muchachos, no lo sabes bien, el que más de tu edad, apenas 27 años. Cada puñetazo, cada patada lleva envidia, odio, un resentimiento soterrado e indefinible que alimentan desde que te vieron y hasta hoy, cuando lo liberan como fiera para que te haga daño. No pides nada, sigues desconcertado, con la mente en blanco. Las ideas, incluso las sensaciones se han ido desvaneciendo lentamente, como el andar de un anciano. Lo que te ocurre ya no te pertenece, no eres tú quien está ahí recibiendo golpes, enconchado en posición fetal. No estás ahí, no sabes dónde estás, los sonidos son lejanos, el dolor es un recuerdo, algo fuera de ti que ocurre en otra parte, tan distante como si estuvieras en Seattle, en tu casa con tu familia, en un lugar inocuo e inasible desde donde puedes esperar a que todo pase, que el odio se disipe. Por eso no imploras, no temes, no te mueves, solo esperas a que la tormenta se vaya.

Cuando por fin hay una pausa, intentas levantarte trabajosamente, tanto como lo permite tu cuerpo maltrecho, golpeado. Aunque parezca increíble, todo ocurrió casi en silencio. Durante los golpes ellos apenas hablaron, tú no gritaste, no dijiste “no”. “Gringo hijo de la chingada”, dirá uno de ellos en voz baja al tiempo que saca una pistola, corta cartucho y dispara contra tu torso una sola vez. El estruendo es el rugido de un demonio liberándose de las cadenas que lo atan al fondo de un abismo. Tu cuerpo serpentea contra el suelo por el impacto y el resto es desvanecerse como la fantasmal danza del humo que escapa de la boca del arma. Lo último que ves es la luz de la ventana de Julieta, salvación inalcanzada.

La Contraseña II

sábado, 9 de octubre de 2010

Jackie Chan

(Por Cosmos02)

En los últimos meses he visto dos películas de Jackie Chan, cortesía de Fanático en realidad, y la verdad no me arrepiento, han sido refrescantes y han valido la pena.

Todos lo conocemos, Jackie Chan es el artemarcialista chino que despuntó sobre la multitud que quiso ocupar el vacío que dejó Bruce Lee. Obviamente no fue el único, pero sí comenzó a ser el más original, no sólo por sus acrobacias y su simpatía, sino además porque fue, creo, el primero que entendió que las películas de Kung Fu tenían que ser vistas con humor porque de lo contrario solían caer en un humor involuntario.

Pero decía que estas dos películas me gustaron porque son distintas, realmente son distintas. Veo en Jackie Chan a un sujeto inteligente que entiende que ya no puede pretender ser el guerrero invencible del cine que se enfrenta a treinta tipos que lo rodean y ninguno alcanza siquiera a darle un golpe. En cambio, parece resuelto a hacer películas para contar historias que entretengan al espectador y que, con sus limitaciones histriónicas, pueda pretender de algún modo actuar en ellas. Por eso, en esas películas la parte artemarcialista pasa a segundo plano.

La primera película es “A little big soldier”.



Cuenta la historia de un soldado de la época en que China estaba dividida en tres reinos que luchaban entre sí para consolidar uno solo. Pero dicho soldado en realidad no participa en las batallas, lo único que desea es regresar a su país, hacerse de unas tierras y tener descendencia, pues es el último que queda de su familia. Por eso, en su armadura trae una flecha falsa que activa al iniciar el combate, de modo que se finge asaeteado y muerto para así sobrevivir sin pelear. Dicho soldado captura por azar al príncipe de un reino enemigo y decide entregarlo a su gobernante a cambio de las tierras que anhela.

En esta película, a pesar de que en efecto trae algunas acrobacias propias del actor, es evidente que, como decíamos arriba, lo importante es la historia que cuenta, por ello el final es realmente muy bueno (sin ser la quinta maravilla del séptimo arte, por supuesto).

La segunda película es más interesante aún. Se titula “Shinjuku incident”



Trata de los migrantes ilegales de China a Japón antes del boom económico de China. En esta cinta Jackie Chan ni siquiera usa artes marciales. En las escenas en las que tiene que pelear, lo hace como cualquier persona sin entrenamiento alguno. Hace el papel de un campesino que se va de mojado a Japón buscando a su novia que, como ocurre aquí con muchos migrantes, le dijo: “Sólo me iré un tiempo a Japón a trabajar, juntaré algo de dinero y luego regresaré y pondré un negocio” (¿A alguien le suena familiar ese argumento para irse de mojado?). Obviamente, llegando a Japón, el ilegal Chan tiene que pasar muchas penurias e incluso dedicarse a actividades mafiosas, pues de otro modo no podrá superar nunca su condición de pobreza. El desarrollo de la película es bastante previsible y ni siquiera alcanza un climax dramático de época, pero el intento entretiene un rato.

De esta película habría mucho que contar, pero me quedo con una escena muy interesante, donde dos policías, uno viejo y experimentado y otro joven y novato vigilan a un líder yakuza y descubren que se está reuniendo con un connotado senador y respetado líder político. Palabras más, palabras menos, los dos policías tienen esta conversación:

Policía joven: “¡Es increíble, el líder yakuza se está reuniendo con el senador en su casa y lo recibe como si fueran viejos amigos! “

Policía viejo: “Eso no tiene nada de increíble, las fronteras que dividen a la mafia de la política o del mundo del espectáculo hace mucho que no existen, eso se llama capitalismo”.

Así pues, insisto otra vez en lo que dije al principio, Jackie Chan debe estar hasta la madre de las películas de Kung fu que repiten sus argumentos hasta la saciedad y muy probablemente esté más preocupado por trascender como actor con capacidad para contar otras historias que en seguir disparando golpes y patadas a diestra y siniestra. Me pregunto si, de haber vivido, Bruce Lee hubiera alguna vez intentado algo parecido.