lunes, 15 de noviembre de 2010

La Contraseña VII

Por si te perdiste las partes anteriores
La Contraseña I
La Contraseña II
La Contraseña III
La Contraseña IV
La Contraseña V
La Contraseña VI


III

Un rompecabezas por armar

Tercera parte


En el trayecto a la agencia, Daniel Franco se entregó por completo a pensar en todas las piezas que ya tenía. Si no fuera por dos o tres detalles, el caso sería realmente simple. Ethan Campbell no acudió a su cita con Kuzmanovski porque una pandilla, por los motivos que se deseen, lo asesinó la noche anterior y la causa no parece estar asociada al encuentro con el polaco –Franco había decidido que Kuzmanovski era polaco, por el apellido y porque ni de muy lejos parecía alemán-. La parafernalia para que no saliera nada a la luz pública podría deberse a que se trataba del hijo de un hombre de negocios importante en los Estados Unidos, el cual debe de haber movido sus influencias para que el asunto fuera atendido con discreción y eso es muy comprensible. Tal vez el prestigio familiar estuviera en entredicho si se supiera que Ethan Campbell tenía una amante en México y que no le importaba arriesgarse fuera de su país por verla. A Daniel Franco eso no le parecía increíble de ningún modo, tratándose de amores, había visto de todo, o casi de todo. Así que, respecto del asesinato, no hay crimen que descifrar ya ni, por fortuna, criminal que detener si era posible atenerse a lo dicho por el licenciado Figueroa.

Si con estas consideraciones fuera suficiente, el asunto estaría cerrado y sería el fin de una recurrente incertidumbre que asaltaba al detective, haciéndolo sentir mal consigo mismo. Pensando en las indagaciones de las últimas horas y sus múltiples partes no resueltas, Daniel Franco no podía evitar traer a la mente, como en un segundo plano, una perspectiva menos romántica de las cosas, la sensación inevitable de que es imposible olvidar la dura cara de la realidad. Un filón de sentido práctico le decía que era un hombre de sesenta y un años, con una esposa que lo hacía feliz, hijas que lo adoraban, dos nietos preciosos y un hijo con el que, de algún modo, había que hacer las paces alguna vez. Además, estaba a punto de jubilarse y con ello vendría la posibilidad de disfrutar de una nueva etapa de la vida con aquellas cosas que más le gustaban, leer era, por supuesto, la primera de ellas, viajar con su esposa cuando ella, a su vez, también se jubilara era otra y se podía agregar un sinfín de planes para él y su familia. ¿Qué necesidad había de meterse en un problema grave? ¿Para qué arriesgarse a estas alturas del partido sólo para presumir que se resolvió un caso de asesinato? ¿Presumir ante quienes? ¿Ante su familia con la que nunca hablaba de su trabajo? ¿Ante los compañeros de la agencia a los que humillaba recurrentemente ganándoles apuestas sobre conductas conyugales? Las aventuras de detectives pueden casi vivirse leyendo a Agatha Christie para convertirse en Hércules Poirot o a Georges Simenon para ser el Comisario Maigret o cualquier otro autor por el estilo. Si se quiere soñar con ser detective, nada más seguro que las páginas de un buen libro y en eso él era experto. El problema, sin embargo, es que ya estaba embarcado en esta empresa, que estaba atado a ella por lazos de lealtad que se habían ido anudando durante toda su vida y por los que de sus labios no iba a salir nunca un desistimiento del caso. Cualquier reticencia que pudiera tener no sería nunca mayor que la pena que le causaría decepcionar a su mentor, por lo que Franco ahora deseaba que con el anuncio a Kuzmanovski de la triste suerte de Ethan Campbell todo terminara. Y cuando esa idea comenzaba a sosegarlo, volvía como una ola violenta la inquietud que le causaban los cabos sueltos, las preguntas sin responder: ¿Por qué huyó Julieta Díaz si los culpables fueron capturados enseguida? ¿Qué papel jugaba ella en el asesinato? ¿Tendría que ver algo con ellos? ¿Por qué ofrece entregar un disco? ¿Ese disco tendrá alguna relación con Kuzmanovski? ¿El quién es? ¿Qué quiere? ¿Sería todo esto un simple asunto de negocios abruptamente roto por el azar de la muerte?

Especular incesantemente sobre los elementos de un caso no es del todo adecuado para llegar a conclusiones correctas. Tampoco lo es plantearse preguntas prematuras a sabiendas de que aún hay elementos por conjuntar. A su vez, las hipótesis desechadas por inservibles no deben nunca ser puestas de nuevo sobre la mesa porque estorban al análisis de las hipótesis que tienen valor, causando pérdida de tiempo. Así se llega más rápido a la resolución de los enigmas. El pensamiento ordenado es básico para enfrentar los problemas y esa regla no debe ser rota, habría dicho míster William alguna vez al tiempo que advertiría sobre el peligro de mezclar los elementos de un caso con las propias emociones. Un detective debe ser como un analista de laboratorio que mira bacterias por el microscopio; debe estudiarlas, pero no tocarlas, debe conocer la enfermedad, pero no contraerla. El dominio sobre uno mismo es esencial para mantenerse ecuánime y personalmente distante durante el desarrollo de una investigación, por eso Franco había desarrollado esa actitud, silenciosa e impenetrable, aparentemente siempre impasible. Desde joven se había asumido como el aprendiz disciplinado del gran maestro, de ese enigmático e implacable detective inglés que había llegado a México a resolver un caso heroicamente, cuya personalidad le había subyugado y que lo había distinguido además tomándolo bajo su protección con tanto afecto. Por eso atendía con tanta devoción sus enseñanzas, practicándolas permanentemente, comenzando por el autocontrol que siempre manifestaba. Pero esa actitud asumida debía ser más que una fachada, debía ser una auténtica virtud interior. Así el detective podría concentrarse en el acertijo, olvidándose incluso de sí mismo. Esa era la técnica que permitía volcar todo el potencial del detective en el problema, sin que nada personal llegara a ser un lastre.

Sin embargo, a pesar de todas las lecciones, tan mentalmente repasadas y practicadas por tantos años, a Daniel Franco todo ese asunto de Campbell y Kuzmanovski comenzaba a importarle un carajo frente al hecho de que en realidad su oportunidad de tomar un auténtico caso había llegado muy tarde en la vida y que en lo futuro preferiría disfrutar más de su familia y sus aficiones personales. Además, si quería ser congruente con lo aprendido, tenía que llegar a la conclusión de que estaba reprobado como detective si no podía liberarse de la aprehensión que sentía y que, de seguir adelante, seguramente lo llevaría al fracaso. Así que con las ideas bulléndole en la cabeza, mezclando conclusiones con deseos, reconociendo miedos y tentaciones de claudicación, Daniel Franco salió del elevador en el piso de “Baskerville y Asociados”.

La Contraseña VIII

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