martes, 18 de enero de 2011

La Contraseña XVI

[Por Cosmos02]

Por si te perdiste las partes anteriores:
La Contraseña I
La Contraseña II
La Contraseña III
La Contraseña IV
La Contraseña V
La Contraseña VI
La Contraseña VII
La Contraseña VIII
La Contraseña IX
La Contraseña X
La Contraseña XI
La Contraseña XII
La Contraseña XIII
La Contraseña XIV
La Contraseña XV


V


El Aliado


Cuarta parte


Antes de responder, mi padre aumentó la gravedad de su gesto, parecía que realmente se le había terminado la paciencia. Temí que ya me hubiera pasado de la raya. Tomó el vaso vacío y lo desplazó al otro extremo de la mesa. Aproveché para preguntar si quería más Coca Cola. “No”, dijo secamente mientras alejaba el plato de sí. Me levanté de mi silla, recogí los trastes y los puse en el fregadero, al voltear hacia él me miraba con ese rostro duro con el que una vez me negó información sobre sus actividades cuando yo era pequeño.

- ¿Me estás diciendo que me vas a condicionar la entrega de la respuesta de Julieta Díaz por correo electrónico a que te lleve con Kuzmanovski y te de toda la información de este caso? –Dijo al tiempo que también se levantaba-.

- Por supuesto que no Daniel –dije usando un tono conciliador-. Pero también entiéndeme que lo que está pasando no es usual, algo grande está pasando. Probablemente algo de dimensiones internacionales. Bueno –sonreí con la idea-, tiene que ser internacional como sea, Kuzmanovski es polaco, Campbell es norteamericano y estamos en México, ya con tres países involucrados ya es internacional ¿No?

Mi padre se pasó la mano en la cara, como para ocultarla un poco. Otra vez me pareció ver una sonrisa en sus labios. Era como un fuerte cuyos muros se desvanecían con algo de buen humor. Por un segundo me pregunté si esa ambivalencia era parte de su personalidad o le gustaban mis chistes. Lamentablemente no tenía modo de saber si internamente se sentía como yo, con esta ansiedad de platicar con él, compartir abiertamente, levantarme y darle un abrazo, pero también reprocharle, desahogar disgustos, recriminarle que se mantuviera tan distante por tantos años. De cualquier modo, no quería separarme hoy de él.

- Pero ya en serio Daniel –continué- realmente hay algo aquí, en esta reunión hay algo fuera de lo común.

- Cuando pregunté la razón de la reunión me dijeron que no era de mi incumbencia –dijo mi padre encogiéndose de hombros-, y yo no tenía motivos para especular sobre la importancia de dicha reunión.

- No me refería a eso cuando pensaba en una reunión fuera de lo común.

- ¿A qué te referías entonces? –Dijo el detective-

- A que tú te encuentres aquí.

Nos miramos a los ojos un par de segundos, no pude evitar tragar saliva. Era el momento de hablar. Estaba a punto de hacerlo primero, pero de inmediato me quedó claro que mi padre, Daniel Franco, era un sujeto inamovible cuando se me adelantó.

- Lo sabes, necesitaba ayuda para enviar un correo electrónico.

Moví la cabeza negativamente, no tenía remedio. Dominé mi disgusto, giré hacia el fregadero para echar los últimos cubiertos que alcé de la mesa, acababa de desistir de cualquier otro intento.

- Mira, tienes la respuesta de Julieta Díaz. Cuando llegue te hablo por teléfono y te digo qué dice, a mí no me importa. Si quieres más información te la doy también de una vez si tienes tiempo o después, o como quieras, adelante. Sólo sí te digo una cosa, esa reunión era algo grande, ese disco es algo serio. No sé, tal vez algo como los “Halloween documents”.

- ¿Qué es eso? –preguntó mi padre-

- ¿Los “Halloween documents”? Unos memos filtrados de Microsoft donde se revelaba qué estrategias tenía la empresa en mente para deshacerse de la competencia. Esa información fue relevante alguna vez en algunos juicios y es fuente de muchas críticas para Microsoft, pues muestran sus prácticas monopólicas.

- Tendrías que contextualizar esa información conmigo. Pareces muy familiarizado con el tema, yo no lo estoy.

Guardó silencio unos instantes, como si acabara de descubrir algo en sí mismo. Me pareció escuchar que en voz muy baja repetía su última frase “yo no lo estoy”, luego continuó hablando mirando al piso, reflexionando en voz alta.

- A decir verdad, no sé qué implica lo que acabas de decir, qué significado podría tener si debo buscar ese disco….

Lo miré extrañado, pero el asunto me daba igual, ya me había resignado a que no iba a transigir conmigo.

- ¿Quieres sentarte en la sala?

Dije encogiéndome de hombros y preparándome para un pequeño discurso del estado de las cosas sobre Microsoft y Kuzmanovski. Igual y lo remitía al contenido de algunos sitios de Internet y despachaba ya de una vez esta visita, que él solito se hiciera bolas, pero su respuesta me hizo cambiar radicalmente de opinión.

- No, mejor vámonos de una vez a casa de míster William.

Sonreí de oreja a oreja. Me sentí como el niño cuando su papá le dice que siempre sí lo va a llevar a montar caballos. Tomé mi vaso, lo rellené de refresco y lo tomé de un sorbo.

- ¿Entonces sí me vas a llevar?

- Sí crees que puedes ayudar, veré cómo justifico tu presencia y, de preferencia, no intervengas en ninguna conversación.

- ¿Por qué cambiaste de opinión?

Mi padre guardó silencio, de nuevo parecía ensimismado, por lo que preferí cambiar de tema.

- Pues va a ser muy interesante conocer a Kuzmanovski más de cerca, sí debe ser un tipo interesante. Pero bueno, entonces siéntate y dame unos minutos, voy a cambiarme de ropa. Aunque no lo creas, yo también se parecer persona decente.


Quinta Parte

“Es un hecho, esto no va a terminar esta noche, va a continuar, pero si es con ayuda, mejor”, pensó el detective Daniel Franco en el repaso mental que no dejaba de hacer sobre su caso. Ahora tenía referencias, así fueran vagas, sobre Kuzmanovski, Campbell y la cita que tenían pactada y entendía que el polaco en realidad venía por el disco que ahora poseía Julieta Díaz. Estaba perfectamente de acuerdo con esa suposición que ni siquiera había hecho él, por lo menos no de modo contundente, sino Carlos y con elementos bastante firmes. Por otra parte, no se negaba a sí mismo la satisfacción de que la entrevista con su hijo, tanto tiempo postergada, resultara en el descubrimiento de que Carlos era una fuente de información valiosa para su caso y que, además, sólo hiciera intentos tibios por hablar de ellos mismos, cosa nada difícil de evadir para continuar concentrado en su labor como detective.

Aún había muchos cabos sueltos, por supuesto, pero el fresco de un gran paisaje se iba dibujando otra vez y con mayor claridad y eso lo hacía sentir bastante bien, por lo que condescender con el deseo de Carlos de acompañarlo tampoco era ya complicado, incluso podía ser útil. El resto parecía fácil: esperar a que Julieta Díaz respondiera y cumpliera con su ofrecimiento de entregar el disco, llevárselo al polaco y fin de la historia, había podido por fin resolver un caso. Lo del empleo era lo de menos, míster William tendría que apoyarlo y de no ser así, recurriría a una demanda legal. Seguramente para Guillermo Baskerville sería muy incómodo tener que ventilar en algún juzgado su relación con Daniel Franco y con su padre mismo, por lo que seguramente lo restituiría en el puesto o simplemente podrían llegar a un acuerdo para adelantar la jubilación, perspectiva nada despreciable para el detective. Así que la presencia o no de Carlos en la reunión con Baskerville y Kuzmanovski no cambiaba nada, de todos modos parecía mejor informado que él respecto a la trama en desarrollo.

Y mientras Daniel Franco continuaba con sus cavilaciones, Carlos Franco entró a su recámara y salió apenas un par de minutos después. Se había puesto el último traje disponible de los tiempos en los que aún iba a la oficina, pero sin corbata. El pelo lo llevaba hacía atrás con gel y en el rostro lucía gafas. Se había transformado rápidamente en un joven y dinámico ejecutivo de empresa.

- ¿Ves? Cumplí mi promesa.

La Contraseña XVII

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